Publicado: 24.JUL.2026
La sociedad del futuro avanza hacia un modelo cada vez más electrificado. La sustitución progresiva de los combustibles fósiles por electricidad afecta ya al transporte, la industria, la climatización de edificios e incluso a procesos productivos que tradicionalmente dependían del petróleo, el carbón o el gas se están pasando a la electricidad.
A toda esta tendencia, se suma también el crecimiento de los centros de datos, la inteligencia artificial, las redes de telecomunicaciones y la producción de hidrógeno verde, todos ellos grandes consumidores de electricidad.
Este escenario de futuro nos plantea un enorme desafío: cómo producir toda esta cantidad de energía eléctrica que vamos a necesitar de una forma segura, estable y respetuosa con el medio ambiente.
Las fuentes renovables, como la energía solar y la eólica, desempeñan un papel fundamental en esta transición, pero su carácter intermitente y estacional hace necesario complementarlas con sistemas de almacenamiento energético o con otros tipos de tecnologías capaces de suministrar electricidad de forma estable y segura durante las 24 horas del día, los 365 días del año.
Durante décadas, la energía nuclear —basada en la tecnología de fisión— ha sido una de las principales alternativas que hasta ahora hemos tenido para generar electricidad de una forma estable. Sin embargo, esta tecnología presenta importantes inconvenientes, entre ellos, los relacionados con la gestión de los residuos radiactivos, el riesgo de sufrir accidentes graves y los elevados costes asociados a la construcción, mantenimiento y desmantelamiento de este tipo de centrales.
Ante este panorama, la fusión nuclear aparece como una de las tecnologías más prometedoras del siglo XXI. Su objetivo: reproducir en la Tierra el mismo proceso que tiene lugar en el Sol y en las estrellas, presentándose a sí misma como fuente ‘casi inagotable’ de generación de energía.
Aunque ambas tecnologías reciben el nombre de energía nuclear, su funcionamiento es completamente diferente y sus consecuencias, también.
Las centrales nucleares que conocemos hoy en día producen energía eléctrica mediante la tecnología de fisión nuclear. Este es un proceso en el que núcleos de ciertos elementos pesados, generalmente uranio-235 o plutonio-239, se dividen al ser impactados por una partícula de neutrón. Esta división libera una gran cantidad de energía en forma de calor, además de producir nuevos neutrones capaces de provocar nuevas fisiones en otros átomos, dando lugar así a una reacción en cadena, pero controlada.
El calor generado por la fisión nuclear se emplea para calentar un flujo de agua y producir vapor a muy alta presión que, posteriormente, se emplea para mover las hélices de turbinas conectadas a generadores eléctricos, de forma similar a una central térmica convencional.
Aunque ni que decir tiene que las centrales nucleares modernas incorporan múltiples sistemas de seguridad, la fisión nuclear es un proceso que no está exento de ciertas limitaciones importantes:
● Genera residuos radiactivos de alta actividad que permanecen peligrosos durante miles de años.
● Existe el riesgo, aunque muy reducido, de accidentes graves por pérdida de refrigeración en el reactor o fallos en los sistemas de seguridad de la central.
● El combustible nuclear —uranio enriquecido o plutonio— es un recurso limitado cuya extracción y enriquecimiento requieren importantes infraestructuras.
● La construcción de nuevas centrales nucleares de fisión exige inversiones muy elevadas y largos periodos de ejecución.
Precisamente por este tipo de inconvenientes, los gobiernos e importantes entidades privadas llevan impulsando desde hace décadas la investigación para poder desarrollar, a escala comercial, la otra tecnología: la fusión nuclear. ¿Por qué? Lo descubrimos a continuación.
La fusión nuclear es un proceso físico que consiste en unir dos núcleos atómicos ligeros para formar otro núcleo más pesado. Durante este proceso, una pequeña parte de la masa inicial se transforma en una enorme cantidad de energía.
Esto tiene que ver con la famosa Teoría de la Relatividad de Albert Einstein, según la cual, toda masa de un cuerpo (m) puede transformarse íntegramente en energía (E), y viceversa:
E = m·c², donde c coincide con la velocidad de la luz en el vacío (c = 3·108 m/s)
La base científica de la fusión nuclear es el llamado Defecto Másico, que establece que cuando se forma un núcleo atómico a partir de sus protones y neutrones, se observa que la masa nuclear final del nuevo átomo es menor que la suma de las masas iniciales de las partículas por separado.
Es decir, que en el proceso de formación del nuevo átomo se ha perdido masa y a esta masa perdida se le denomina, precisamente, defecto másico (Δm):
Δm = Σmpartículas iniciales – mnuevo núcleo atómico
Realmente esta masa no se ha esfumado. Entonces, ¿qué ha pasado con esta ‘masa perdida'? Pues, sencillamente que se ha transformado en energía, cuyo valor precisamente lo da la ecuación de Einstein:
E = Δm · c²
Y justamente es esta energía (o más bien, parte) la que se aprovecha en los procesos de fusión nuclear. Es exactamente el mismo mecanismo mediante el cual el Sol genera la inmensa energía que irradia continuamente desde hace aproximadamente 4.600 millones de años. ¡Y todavía no se ha agotado! 😲
En la mayoría de los proyectos de investigación actuales que tratan de reproducir una fusión nuclear, se emplean dos isótopos del hidrógeno (átomos con el mismo número atómico y distinto número másico):
● Deuterio (21H): formado por un protón y un neutrón (este isótopo de hidrógeno es muy abundante en el agua del mar).
● Tritio (31H): contiene un protón y dos neutrones (este elemento se puede producir a partir del litio).
Cuando ambos núcleos se fusionan (Deuterio + Tritio), se genera un núcleo de Helio-4, un neutrón suelto y una inmensa cantidad de energía, según la siguiente reacción:
$${}^{2}_{1}\text{H} + {}^{3}_{1}\text{H} \longrightarrow {}^{4}_{2}\text{He} + {}^{1}_{0}\text{n} + 17.6 \text{ MeV}$$
Donde:
● 21H (Deuterio): es un isótopo del hidrógeno compuesto por 1 protón y 1 neutrón: 2 nucleones en total (1 protón + 1 neutrón).
● 31H (Tritio): es otro isótopo del hidrógeno, pero esta vez compuesto por 1 protón y 2 neutrones: 3 nucleones en total (1 protón + 2 neutrones).
● 42He (Helio-4 / Partícula Alfa): es el núcleo resultante de la fusión, que contiene 2 protones y 2 neutrones: 4 nucleones en total (2 protones + 2 neutrones). Este es un gas completamente seguro y estable.
● 10n (Neutrón): Un neutrón libre que sale despedido a gran velocidad. Su energía cinética es la que precisamente se aprovecha para transformarla en calor y luego en electricidad.
● 17.6 MeV (Energía): La cantidad de energía liberada en total por cada evento de fusión, medida en Megaelectronvoltios.
De los 17,6 MeV liberados, el 80% es la parte proporcional correspondiente a la energía transportada por el neutrón que es la que se captura en las paredes del reactor calentándolas. Este calor es el que se utiliza para generar el flujo de vapor de agua que se utiliza para mover las turbinas y generar electricidad.
Un dato curioso: la fusión nuclear libera alrededor de 7 millones de veces más energía por reacción que una reacción química normal. Esto es así porque aprovecha la energía almacenada en el núcleo de los átomos y no únicamente la de los enlaces entre electrones, como ocurre en una reacción química de las ‘normales’.
Para que te hagas una idea, con tan solo un gramo de mezcla de deuterio y tritio se puede liberar alrededor de 340 GJ (gigajulios). Esto equivale aproximadamente a:
● 94.000 kWh de energía térmica.
● La energía contenida en unas 8 toneladas de petróleo.
● El consumo eléctrico anual de 25 a 30 viviendas españolas.
Aunque la reacción de fusión nuclear es conocida desde hace décadas, reproducir este proceso en laboratorio resulta extraordinariamente complejo.
Básicamente porque la fusión nuclear supone poner en contacto —fusionar— dos núcleos atómicos que poseen carga eléctrica con el mismo signo (positiva) y como sabemos, cuerpos con carga eléctrica del mismo signo se repelen.
Para conseguir que lleguen a fusionarse ambos núcleos, es necesario superar esta fuerza electrostática de repulsión que, a escala nuclear, se hace extraordinariamente grande.
Pero también sabemos que si logramos superar esta fuerza inicial de repulsión y conseguimos acercar ambos núcleos a distancias extremadamente pequeñas, entonces empieza a actuar otra nueva fuerza —la fuerza nuclear— que es la que siempre actúa en los átomos para mantener unidas las partículas subatómicas dentro del núcleo. Esta fuerza nuclear es incluso superior a la fuerza electrostática de repulsión entre partículas del mismo signo.
Para lograr el acercamiento de dos núcleos atómicos a distancias extraordinariamente pequeñas para que la fuerza nuclear actúe, es preciso alcanzar temperaturas extraordinariamente elevadas (superiores a los 100 millones de grados Celsius) muy superiores incluso a las existentes en el núcleo del Sol. A esas temperaturas la materia deja de estar en estado sólido, líquido o gaseoso y pasa a convertirse en un plasma, una especie de gas ionizado formado por electrones y núcleos atómicos.
Y aquí surge el problema, porque ningún material conocido, natural o fabricado por el ser humano, puede soportar el contacto directo con un plasma tan caliente. La solución: intentar mantener este plasma caliente suspendido mediante potentes campos magnéticos o utilizando sistemas alternativos de confinamiento, de manera que este plasma no entre en contacto con ningún componente del reactor.
Actualmente existen dos grandes líneas de investigación para conseguir este propósito:
● Confinamiento magnético, mediante reactores denominados tokamak o stellarator, donde enormes imanes superconductores mantienen el plasma aislado de las paredes del reactor.
● Confinamiento inercial, basado en la compresión instantánea de pequeñas cápsulas de combustible mediante potentes haces de láser.
Ambos enfoques persiguen el mismo objetivo: conseguir mantener estabilizado el plasma en suspensión y que la energía liberada por la reacción de fusión que ocurre dentro de ese plasma, sea superior a la energía necesaria para iniciarla y mantenerla, de manera que el resultado energético final sea positivo.
Si esta tecnología llega a desarrollarse comercialmente a gran escala, la fusión nuclear podría transformar por completo el sistema energético mundial gracias a sus numerosas ventajas.
El deuterio (21H), uno de los combustibles utilizados, es un elemento que puede obtenerse directamente del agua del mar, donde se encuentra de forma natural en grandes cantidades. Para que te hagas una idea, un solo litro de agua contiene suficiente deuterio como para producir, mediante fusión, una cantidad de energía equivalente a cientos de litros de combustibles fósiles.
El tritio (31H), el otro de los combustibles, aunque más escaso, también puede producirse dentro del propio reactor utilizando litio, un elemento relativamente abundante en la corteza terrestre.
La fusión nuclear no puede producir una reacción en cadena descontrolada como puede pasar con la fisión.
Si se produce cualquier anomalía, el plasma caliente pierde inmediatamente las condiciones necesarias para mantenerse y la reacción de fusión nuclear simplemente se detiene de forma natural. Esto elimina el riesgo de accidentes similares a los ocurridos en Chernóbil o Fukushima.
La fusión no genera residuos radiactivos de alta actividad y larga vida como los producidos por las centrales nucleares de fisión.
Aunque algunos materiales estructurales del reactor pueden activarse por efecto de los neutrones, su nivel de radiactividad disminuye considerablemente en periodos de décadas, simplificando enormemente su gestión cuando termina su vida útil.
Durante el proceso de generación eléctrica no se producen emisiones directas de CO2 a la atmósfera, lo que convierte a la fusión nuclear en una tecnología plenamente compatible con los objetivos de descarbonización y lucha contra el cambio climático.
A diferencia de la energía solar o la eólica, la fusión nuclear podría suministrar electricidad de forma permanente, estable e independientemente de las condiciones meteorológicas existentes, de la hora del día o de la noche.
Esto permitiría disponer de una fuente estable y permanente, capaz de respaldar el funcionamiento seguro de las redes eléctricas en caso de interrupción del suministro eléctrico por parte de la solar o la eólica.
A pesar de su enorme potencial, la fusión nuclear todavía no forma parte del sistema eléctrico a escala comercial.
Durante los últimos años se han producido avances muy importantes. Diversos laboratorios internacionales han logrado mantener plasmas estables durante tiempos cada vez más prolongados y alcanzar balances energéticos muy próximos al objetivo.
Uno de los proyectos más ambiciosos es ITER, actualmente en construcción en el sur de Francia. Se trata del mayor reactor experimental de fusión jamás construido y que reúne la colaboración científica y tecnológica de decenas de países. Su misión consiste en demostrar la viabilidad técnica de la producción sostenida de energía mediante confinamiento magnético.
Paralelamente, numerosas empresas privadas están desarrollando sus propios diseños con el objetivo de acelerar la llegada de reactores comerciales de fusión nuclear en los próximos años. Todo esto impulsado por los avances en superconductividad, inteligencia artificial, nuevos materiales y sistemas de control del plasma.
Aunque todavía quedan importantes desafíos tecnológicos, especialmente relacionados con la resistencia de los materiales, la capacidad de producción de tritio y la eficiencia global de las instalaciones, el ritmo de desarrollo se ha intensificado notablemente durante la última década.
La mayoría de expertos coincide en que la fusión nuclear no sustituirá por completo a las energías renovables, sino que actuará como un complemento estratégico dentro de un sistema energético diversificado.
En un futuro, la combinación de energía solar, eólica, hidráulica, almacenamiento energético mediante baterías, hidrógeno verde y centrales de fusión podría proporcionar un suministro eléctrico prácticamente libre de emisiones contaminantes y capaz de satisfacer la creciente demanda mundial.
Si los proyectos actualmente en marcha alcanzan los resultados esperados, es probable que las primeras centrales comerciales de fusión nuclear comiencen a operar en las próximas décadas.
No obstante, su implantación será progresiva, ya que requerirá validar la tecnología, reducir costes y desarrollar toda la cadena industrial necesaria para su fabricación.
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