Gas Radón: un peligro invisible presente en muchos edificios

 

Gas Radón: un peligro invisible presente en muchos edificios

Publicado: 23.JUN.2026



 

Posiblemente no hayas oído hablar nunca de este peligro que acecha a muchos de nuestros edificios y, por ende, a los inquilinos que los habitan: el radón.

El radón es un gas que se genera de forma natural por la desintegración radiactiva del uranio, un mineral que, por si no lo sabías, se encuentra distribuido de forma natural en casi todas las rocas, suelos, ríos y océanos de la Tierra.

Resulta que este gas, el radón, que se genera de forma natural en el terreno, puede propagarse a través del mismo aprovechando fisuras, grietas y corrientes de agua subterránea y, dependiendo de diversos factores que luego veremos, puede llegar incluso a penetrar en el interior de los edificios.

Que pueda entrar o no en el interior de nuestras edificaciones dependerá de ciertos factores. Por ejemplo, del tipo de terreno  —no en todos los suelos el radón está presente en concentraciones importantes—  o de las características constructivas del edificio  —el diseño arquitectónico de ciertos edificios puede hacerlos más permeables a la entrada de este gas—.

 

¿Qué es el radón y por qué es tan peligroso?

Si has estudiado química en tu juventud, recordarás que el radón (Rn) es un gas que pertenece al grupo de los gases nobles. Se trata de un gas incoloro, inodoro e insípido.

Este gas se genera como resultado de la cadena de desintegración radiactiva del radio que, a su vez, procede del uranio. El uranio es un elemento que ya está presente de forma natural en la corteza terrestre y, aunque presente en concentraciones muy bajas (unas pocas partes por millón), su volumen total es superior al de metales como el oro o la plata.

Por tanto, el radón, como resultado de la desintegración natural de sus predecesores radio y uranio, puede estar presente en muchos de los suelos donde edificamos y construimos. Además, y por si fuera poco, el radón sufre también un proceso natural de desintegración que produce más partículas radioactivas.

El radón, al ser de naturaleza gaseosa (a diferencia de sus predecesores radio y uranio que son sólidos) puede moverse libremente por la corteza terrestre e incluso diluirse en el agua subterránea. Debido a esta capacidad de movimiento por el subsuelo, el radón puede llegar a las plantas bajas de los edificios, en contacto directo con el terreno, penetrar en el edificio y acumularse en sus espacios interiores.

Y el problema viene aquí, porque una vez que el radón logra penetrar en el interior de los edificios, se va acumulando en las estancias y, finalmente, puede ser inhalado por las personas que habitan el edificio.

De esta forma, las partículas radioactivas producto de la desintegración natural del radón, por la simple respiración, logran penetrar en el interior de las personas, llegando a poder ionizar la materia celular de los epitelios pulmonares y, al final y muy probablemente, causar cáncer.

Son numerosos los organismos internacionales relacionados con la protección y el estudio de la salud de las personas que consideran probada la influencia del radón en el cáncer de pulmón. Existe acuerdo científico sobre el riesgo para la salud de las personas que supone la exposición durante grandes períodos de tiempo a altas concentraciones de actividad de radón. De hecho, el radón se identifica como la primera causa de cáncer de pulmón entre las personas no fumadoras.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda que la concentración de radón en viviendas y lugares de trabajo no supere los 100 Bq/m³ (becquerelios por metro cúbico). Si no es posible alcanzar este nivel, aconseja que nunca exceda de los 300 Bq/m³. A partir de esta concentración, ya es exigible por la mayoría de legislaciones adoptar medidas correctoras para reducir la exposición al gas.

Del mismo modo, la OMS afirma que no existe un nivel seguro de concentración de radón (excepto la ausencia total de radón) por debajo del cual no corremos ningún tipo de riesgo. Pero la situación es todavía más peligrosa en espacios cerrados dentro de los edificios, debido a que en estos lugares se puede originar una mayor acumulación de radón.

En los espacios abiertos se considera que el riesgo es despreciable, dado que el radón tiende a diluirse rápidamente en el ambiente. Los edificios considerados con mayor riesgo son las viviendas y los lugares de trabajo, dado que son los lugares donde más tiempo pasamos en nuestra vida.

 

 

¿Cómo penetra el radón en los edificios?

Hemos dicho que cuando el radón llega al ambiente exterior, este se diluye rápidamente en el aire y no causa problema. Pero el tema surge cuando se acumula en un recinto cerrado y poco ventilado, como puede ser el interior de un edificio. Entonces, al no encontrar salida hacia el exterior, tiende a acumularse dentro del edificio, convirtiéndose en un serio problema para la salud de las personas.

Está comprobado que el radón que penetra en el interior de un edificio procede, principalmente, del terreno donde se asienta, pero también, aunque en mucha menor medida, de los materiales de construcción o del agua de consumo en el que previamente se haya podido quedar diluido.

Radón procedente del terreno

La mayoría de países disponen de mapas donde se muestra la distribución del potencial de radón en cada lugar del territorio. Dependiendo de la localización de tu ciudad, el riesgo de sufrir esta exposición al gas puede variar notablemente. Por ello, te invito a consultar esta información en tu propio país de residencia.

Si el tipo de suelo donde se asienta tu edificio presenta riesgo por radón, este puede penetrar al interior de cualquier edificio, bien por un mecanismo de convección, a través de las grietas que presente la envolvente del edificio en contacto con el terreno (muros de sótano, soleras, etc.), o bien, por un mecanismo de difusión a través de los materiales porosos (como el hormigón) que forman la envolvente del edificio en contacto con el terreno.

Está claro que los principales puntos por donde puede penetrar el radón en el interior de un edificio, son aquellos que presenten algún tipo de fallo o discontinuidad, como son las juntas de hormigonado o los encuentros no sellados (juntas perimetrales, encuentros con tuberías pasantes de evacuación de aguas, etc.).

Como está demostrado que la principal fuente de radón en un edificio es el terreno donde se asienta, las plantas inferiores, como sótanos y plantas bajas, son donde existirá más riesgo de encontrar mayores concentraciones de radón en un edificio. Y como además, la densidad del radón es superior a la del aire, este gas se va a quedar concentrado siempre en las partes bajas de locales y estancias.

Pero también puede darse el caso de encontrarnos valores altos de concentración de radón en zonas más elevadas y plantas altas del edificio. Esto puede ocurrir en edificios cuyo diseño permite una comunicación entre las plantas bajas y zonas más elevadas. En estas situaciones el aire puede ascender fácilmente por el interior del edificio mediante procesos convectivos o de tiro térmico. Por ejemplo, en edificios que cuentan con cerramientos de fachada con cámara de aire o cuando las distintas plantas están comunicadas por escaleras abiertas.

Vías de entrada de Radón en los edificios y de comunicación entre plantas

Vías de entrada de Radón en los edificios y de comunicación entre plantas.

Radón procedente de los materiales de construcción

En general, se estima que los materiales de construcción contribuyen a la concentración media de radón en el interior de las viviendas con un valor de entre 10 y 20 Bq/m3, muy alejado del nivel de referencia de 300 Bq/m3, por lo que no son valores preocupantes.

Algunos materiales de construcción contienen pequeñas cantidades de elementos radiactivos naturales como el uranio o el radio que, como ya se ha indicado anteriormente, son los precursores de generar gas radón.

Materiales como ciertos granitos, pizarras, tobas volcánicas, cenizas de centrales térmicas empleadas en la fabricación de algunos cementos o determinados subproductos industriales, también pueden emitir radón al interior de los edificios.

Sin embargo, debe quedar claro que la contribución de los materiales de construcción suele ser relativamente baja en comparación con la entrada de radón procedente del terreno, que es la fuente principal de entrada de este gas peligroso en los edificios.

Radón proveniente del agua

La presencia de radón en el agua se debe a que las rocas que contienen uranio natural liberan en su proceso de desintegración radón al agua subterránea con la que entran en contacto.

Como el radón se disipa rápidamente en contacto con el aire, si se utilizan aguas superficiales para el consumo humano, no hay riesgo de que contengan radón ni de que lo liberen en el interior de las edificaciones.

Sin embargo, si se utilizan aguas subterráneas (de manantiales o pozos) sin que se aireen previamente a su consumo, y el terreno de donde se extrae ese agua tiene una elevada concentración de radón, entonces sí existe riesgo de que se libere el radón contenido en el ambiente interior de las viviendas, hasta poder alcanzar concentraciones significativas.

En todo caso, y según mediciones realizadas por organismos públicos, en los sistemas públicos de abastecimiento de agua procedente de aguas superficiales, la concentración media de radón suele ser menor que 0,4 Bq/l y si el agua procede de fuentes subterráneas este valor ronda los 20 Bq/l.

Para poder contextualizar estos datos, el valor máximo recomendado por la OMS y la Comisión Europea por debajo del cual no es necesario realizar controles en los abastecimientos públicos de agua es de 100 Bq/l.

 

 

¿Qué factores influyen en la entrada de radón en los edificios?

Después de lo que has leído en este artículo, comprenderás que la cantidad de radón que pueda acumularse en el interior de los edificios dependerá de numerosos factores, entre los que se pueden destacar los relacionados con el tipo de terreno, las características constructivas del edificio, la climatología e, incluso, el comportamiento de los usuarios que habitan el edificio.

El terreno

El terreno es, de hecho, el factor fundamental, al ser la principal fuente de entrada de radón en los edificios. Que un terreno pueda contener altas concentraciones de gas radón depende de:

●  Por un lado, de su composición geológica. Hay tipos de terreno que producen una gran cantidad de radón, por ejemplo, los terrenos con alto contenido en uranio como son los procedentes de rocas ígneas (granito) y metamórficas (pizarras y esquistos).

●  Por otro lado, al ser el radón gaseoso, de la capacidad de movimiento que pueda gozar el radón en el propio terreno. Cuando se genera el radón en el terreno, el gas no permanece en el mismo lugar donde se forma, sino que, en general, tenderá a moverse. Este movimiento se ve influido por factores como el grado de permeabilidad al aire del terreno. Así, por ejemplo, en macizos rocosos sin fracturar, aunque la concentración de radón sea alta, será difícil que escape de la roca, mientras que en terrenos fracturados, donde existen muchas grietas y ranuras, el radón se moverá más rápidamente alcanzando el exterior o las partes bajas de los edificios.

Las características constructivas del edificio

Las características constructivas del edificio son otro factor importante, que pueden ser determinantes en el nivel de concentración de radón en su interior, incluso para tipos de terrenos desfavorables. Entre las características del edificio que afectan al contenido de radón de su interior destacan:

●  La proporción de la envolvente del edificio que esté en contacto con el terreno: cuanto mayor sea la superficie en contacto con el terreno mayor será la posibilidad de que el radón penetre en el interior. Por ejemplo, un edificio con una planta baja situada sobre pilotes no tiene casi contacto con el terreno, sólo en los puntos de apoyo, por lo que el riesgo sería muy bajo. Sin embargo, un edificio que cuente con sótano excavado en el terreno estaría en el caso opuesto, dado que tendría una mayor superficie de contacto con el subsuelo.

●  El nivel de permeabilidad de la envolvente: cuanto más permeable sea el cerramiento del edificio, por ejemplo, por encontrarse deteriorado con fisuras o grietas en los muros, entonces será más sencillo para el gas atravesarlo y penetrar en el edificio.

●  El tipo de solución constructiva: cuantos más obstáculos haya en el camino de entrada del gas, más difícil será que penetre en el edificio. Por ejemplo, si el edificio cuenta con una cámara sanitaria en su base, entonces esta servirá de obstáculo al paso del gas. Otra solución es la instalación de puertas estancas que comunique el sótano con las plantas habitables del edificio.

●  La existencia de instalaciones o de otros elementos que pasen a través de la envolvente del edificio, rompen la continuidad y suponen puntos críticos por donde puede penetrar el radón. Un ejemplo claro es una tubería bajante que atraviesa la solera del edificio.

La climatología

Resulta complejo prever la influencia de la climatología y formular reglas generales, pero se puede afirmar que las bajas presiones atmosféricas (más habituales en invierno) favorecen la salida del gas radón del terreno hacia la atmósfera donde se diluye libremente, mientras que las altas (propias del verano) lo dificultan.

Otro factor que puede influir es la lluvia. En efecto, las precipitaciones modifican la saturación de agua del terreno circundante al edificio, pudiendo facilitarse así la entrada de radón en los edificios en determinadas circunstancias. Te lo explico:

El grado de saturación de agua del terreno influye en su permeabilidad a los gases. A mayor saturación (terreno empapado de agua), menor facilidad de movimiento del gas, pues el agua contenida en el terreno presenta un coeficiente de difusión inferior al del aire y retiene los gases, en este caso, al radón.

Si todo el terreno debajo de un edificio tiene un grado de saturación de agua similar, el efecto es favorable, porque dificulta la movilidad del radón a través del terreno.

Sin embargo, si el grado de saturación es heterogéneo, por ejemplo, cuando la capa superficial del terreno circundante de un edificio está saturada de agua por la lluvia, pero debajo de la edificación el terreno permanece seco, el efecto es desfavorable. Esto es debido a que la capa superior de terreno que está saturada de agua, impide que el radón salga al exterior, quedando retenido en el interior del subsuelo, de manera que pueda terminar penetrando en el interior del edificio.

El comportamiento de los usuarios

Sí, los usuarios que habitan los edificios, también pueden influir en la entrada y acumulación de radón en los locales habitables del mismo, por ejemplo con sus hábitos de ventilación.

Por regla general, una adecuada ventilación de los locales habitables, siempre favorecerá a disminuir la concentración de radón por dilución en el aire, hasta niveles que ya no sean tan peligrosos.

 

Soluciones de protección frente al radón más habituales

De entre todas las posibles fuentes de generación de radón, es la procedente del terreno la que más impacto tiene sobre el riesgo de que se produzca una acumulación de radón en los edificios que constituya un peligro para la salud.

Así, para poder elegir una solución de protección adecuada, primero se debe conocer el posible mecanismo de entrada del radón procedente del terreno en los edificios, que será distinto en cada caso.

¿Y cuáles son los mecanismos más habituales por los que el radón penetra de forma natural en los edificios? A esta pregunta vamos a intentar contestar a continuación:

●  Por convección: este mecanismo de entrada se genera debido al gradiente de presión que existe entre los gases del terreno y el aire del interior del edificio. Al existir una diferencia de presión, el radón aprovecha cualquier tipo de grieta o fisura en la envolvente del edificio, así como juntas mal selladas o pasos de instalaciones, para penetrar en el interior del edificio.

●  Por difusión: en este caso el flujo de gas radón se genera debido al gradiente de concentración de radón entre los gases del terreno y la masa de aire del interior del edificio.

Una vez conocidos los mecanismos que hacen posible la entrada de radón en el interior de los edificios, las soluciones de protección se pueden agrupar en tres grandes grupos:

●  Soluciones de aislamiento del edificio o de los locales a proteger, frente al radón procedente del terreno.

●  Soluciones encaminadas a reducir la concentración de radón antes de que penetre en el edificio o, en todo caso, antes de que penetre en los locales a proteger.

●  Soluciones de reducción de la concentración de radón una vez que ya ha penetrado en los locales del edificio que se quieren proteger.

Soluciones de aislamiento del edificio

Para aumentar el aislamiento de la envolvente del edificio que está en contacto directo con el terreno (muros de sótanos, soleras…) y evitar que el radón fluya al interior de los edificios, se pueden aplicar tres soluciones básicas:

●  Disponer de una barrera de protección en la envolvente del edificio, así como el sellado de fisuras, grietas, encuentros y juntas.

●  Empleo de puertas estancas en las zonas de paso que comuniquen las plantas de sótanos con las plantas habitables superiores.

●  Creación de sobrepresión en los locales a proteger mediante un sistema de ventilación de presión positiva.

Las dos primeras soluciones se basan en la estanquidad del cerramiento y la última en la creación de un gradiente de presiones contrario al de entrada del gas radón.

Soluciones de reducción del radón antes de que penetre en los locales a proteger

El funcionamiento de estas soluciones consiste en reducir la concentración de radón de aquellos locales del edificios que se pretenden proteger, y que se encuentran más expuestos a la entrada de radón procedente del terreno.

Existen dos soluciones básicas cuya implementación dependerá de las posibilidades concretas de actuación en cada caso de edificio:

●  Instalación de un sistema de ventilación del espacio de contención.

●  Instalación de un sistema de despresurización del terreno.

Establecer un espacio de contención puede consistir en una cámara de aire (como pueda ser una cámara sanitaria que se localiza bajo la planta baja habitable) o un local no habitable (como un garaje) situado entre el terreno y los locales habitable a proteger del edificio, de forma que, si el radón se elimina de su interior, no llega a penetrar en los locales superiores.

La otra solución, la despresurización, es un sistema específico que consiste en extraer los gases del terreno y expulsarlos al exterior, de forma que así se pueda dificultar el paso de radón hacia el interior del edificio.

Soluciones de reducción del radón tras penetrar en los locales a proteger

El funcionamiento de esta solución consiste en reducir la concentración de radón en los locales a proteger una vez que el gas haya penetrado, con objeto de poder reducir la exposición al gas de las personas. En este caso solo cabe emplear una única solución básica:

●  Mejorar la ventilación de los locales habitables a proteger, de manera que diluyamos la concentración de radón a niveles inferiores de las consideradas como peligrosas para las personas.

 

Conclusión

El radón es un peligro silencioso e invisible que puede estar presente en muchos edificios sin que sus ocupantes sean conscientes de ello. Al tratarse de un gas incoloro, inodoro e insípido, su presencia solo puede detectarse mediante mediciones específicas, lo que hace que el riesgo pase fácilmente desapercibido.

Aunque los materiales de construcción o el agua subterránea pueden contribuir en cierta medida a su presencia, el terreno sobre el que se asienta un edificio constituye, con diferencia, la principal fuente de entrada de radón. La combinación de determinados tipos de suelo, características constructivas desfavorables y una ventilación insuficiente puede favorecer la acumulación de este gas en concentraciones potencialmente peligrosas para la salud.

La buena noticia es que el riesgo asociado al radón puede prevenirse y controlarse. La incorporación de medidas de protección en edificios de nueva construcción, la rehabilitación de inmuebles existentes cuando sea necesario y el mantenimiento de unas adecuadas condiciones de ventilación permiten reducir significativamente la exposición de las personas.

En definitiva, conocer qué es el radón, cómo entra en los edificios y qué medidas pueden adoptarse para limitar su presencia es el primer paso para convertir un riesgo invisible en un problema identificable, medible y, sobre todo, prevenible.

Para la redacción de este artículo me he basado en la Guía de Rehabilitación de Edificios frente a la Acumulación de Gas Radón elaborado por el Instituto de ciencias de la construcción Eduardo Torroja (IETcc) bajo la supervisión de la Dirección General de Agenda Urbana y Arquitectura del Ministerio de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana (Gobierno de España).

 

 

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Hermenegildo Rodríguez Galbarro

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