Publicado: 31.DIC.2025
Seguro que te ha pasado alguna vez que lees un titular que dice algo así como "La ciencia ha creado un nuevo móvil con conexión 5G de carga ultrarrápida" o "Gracias a la ciencia tenemos coches eléctricos" y asientes con la cabeza, como si todo cuadrara perfectamente: ciencia, bata blanca, laboratorio, ¡eureka! Pero, espera un momento… ¿de verdad es ciencia todo eso? (Spoiler: no).
Muchas veces, cuando decimos "ciencia", en realidad deberíamos decir "tecnología". Y no, no es una manía de tiquismiquis, ni una discusión de sobremesa con el típico cuñado sabelotodo. Es una confusión bastante extendida… y, muy curiosa, por cierto. Así que vayamos por partes, que aquí no va a hacer falta sacar la calculadora ni recordar fórmulas del instituto.
La ciencia, en esencia, es curiosa. Es esa persona que no puede evitar preguntar "¿por qué?" a todo. ¿Por qué cae una manzana? ¿Por qué el cielo es azul? ¿Por qué el café se enfría justo cuando te despistas mirando el móvil? La ciencia busca comprender cómo funciona la realidad. Observa, formula hipótesis, experimenta, analiza los resultados y, con suerte, llega a conclusiones que expliquen el mundo.
La ciencia no necesita ser útil de inmediato. Puede pasar décadas —o siglos— estudiando algo sin que sirva para nada práctico… hasta que un día, ¡zas!, resulta que sí servía. Un ejemplo clásico: cuando se estudiaban las propiedades del electrón, nadie pensaba en pantallas táctiles o en fabricar aparatos de resonancias magnéticas. Se hacía ciencia por puro conocimiento. Lo demás vino después.
En pocas palabras, la ciencia es el conjunto de conocimientos que busca explicar cómo funciona la realidad mediante la observación, la experimentación y el análisis basado en el razonamiento. Dicho aún más simple: la ciencia intenta entender el "por qué" y el "cómo" de las cosas, aunque no siempre tenga una aplicación práctica inmediata.
La tecnología, en cambio, es más pragmática. Es la que dice aquello de "vale, ya sabemos cómo funciona esto… ¿y ahora qué hacemos con ello?". Su objetivo es aplicar el conocimiento científico para resolver problemas concretos o facilitar la vida de las personas.
La tecnología permite fabricar herramientas, máquinas, dispositivos, procesos, pero generalmente se hace cuando resulta económicamente rentable. Cosas que se puedan usar, vender, mejorar o, seamos sinceros, artilugios que se rompan a los dos años para que tengas que comprarte el modelo nuevo.
Un móvil no es ciencia. Un coche eléctrico no es ciencia. Un robot aspirador que decide suicidarse tirándose por las escaleras tampoco es ciencia (aunque a veces lo parezca). Todo eso es tecnología. Tecnología basada en ciencia, sí, pero tecnología al fin y al cabo.
Aquí viene la parte interesante —y un poco irónica—. Decir "ciencia" suena mejor. Tiene prestigio. Respeto. Autoridad. Si dices "esto lo dice la ciencia", parece que ya no hay discusión posible. Es como invocar una verdad absoluta con bata blanca incluida.
Decir "tecnología", en cambio, suena más terrenal. Más a cables, tornillos y manuales de instrucciones que nadie lee. Así que, por comodidad o por marketing, usamos "ciencia" como un cajón de sastre donde metemos todo lo que tenga chips, pantallas o un aire futurista.
Además, la frontera entre ciencia y tecnología no siempre es visible para el gran público. Y no pasa nada. No es obligatorio distinguirlas para vivir feliz. Pero entender la diferencia ayuda a no mezclar churras con merinas… o microscopios con smartphones.
El lío no tendría la menor importancia si se quedara en una anécdota lingüística. Pero a veces tiene consecuencias. Por ejemplo, cuando se habla de inversión del Estado en "ciencia", muchas personas piensan automáticamente en nuevos gadgets, aplicaciones informáticas o inventos espectaculares. Sin embargo, gran parte de la ciencia financiada no produce nada visible a corto plazo. Produce, eso sí, conocimiento y del bueno. Pero esto, puede desesperar a más de uno.
"¿Cómo que millones para investigar partículas subatómicas? ¡Yo quiero carreteras, no quarks!", podría decir más de uno. Y en parte tiene su razón, pero sin esa investigación básica, muchas tecnologías futuras simplemente no existirían. La tecnología corre sobre una pista que la ciencia construyó antes, aunque nadie la viera.
Ojo, que aquí no se trata de enfrentar a una contra la otra. Son como una pareja bien avenida, pero con personalidades distintas. La ciencia descubre, la tecnología aplica. La ciencia explica, la tecnología fabrica. La ciencia pregunta sin saber, muchas veces, dónde llegará; la tecnología sabe muy bien a dónde quiere llegar (normalmente al mercado).
Confundirlas es como llamar "cocina" al acto de comer. Están relacionadas, pero no son lo mismo. Puedes disfrutar de un plato de comida sin saber cómo se ha cocinado, pero reconocer el trabajo de cada parte tiene su valor.
Además, ciencia y tecnología se necesitan mutuamente. Por ejemplo, la ciencia utiliza en sus laboratorios aparatos y equipos tecnológicos cada vez más sofisticados y precisos que le permite seguir avanzando en la investigación. Y esto es gracias a la tecnología. Y la tecnología, como aplicación práctica de la ciencia, necesita de ésta para seguir creando nuevas aplicaciones y aparatos que nos hagan la vida más fácil.
No podemos ignorar a los medios de comunicación en este asunto, que a veces tienen una relación… digamos creativa con los términos. "Un avance científico permite cargar el móvil en cinco minutos" vende más que decir "Una mejora tecnológica en baterías basada en estudios previos de electroquímica". Lo primero suena a milagro moderno; lo segundo, a examen de química.
Así, poco a poco, vamos asociando ciencia con cualquier avance impresionante, aunque en realidad la ciencia haya hecho su trabajo posiblemente hace muchos años y ahora estemos viendo solo su aplicación tecnológica.
Podrías pensar: "Vale, muy interesante, pero yo seguiré diciendo ciencia a todo y listo". Y es comprensible. El lenguaje evoluciona y no siempre es preciso. Pero usar bien los términos ayuda a valorar mejor el trabajo científico y a no exigirle cosas que no le corresponden.
La ciencia no tiene por qué darte un nuevo modelo de coche cada año. La tecnología, sí. La ciencia no promete comodidad inmediata; promete comprensión. Y eso, aunque no tenga botón de encendido, es igual de revolucionario.
Así que, la próxima vez que oigas que "la ciencia ha creado" tal o cual dispositivo, puedes sonreír con complicidad. Ya sabes que, en la mayoría de los casos, la ciencia puso los cimientos hace años y la tecnología levantó el edificio ahora. Y ambos merecen reconocimiento, pero cada uno por lo suyo.
Por lo tanto, no, tu móvil no es ciencia. Pero gracias a la ciencia existe. Y gracias a la tecnología lo llevas ahora en el bolsillo. Si lo piensas bien, no está nada mal que seamos un poco más precisos… aunque solo sea para dejar sin argumentos al cuñado de la próxima comida familiar.
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